“Debemos esperar lo inesperado” – JP Morgan en su Eye on the Market – Perspectivas 2017

Esa es la lección que todos hemos aprendido en 2016: nada es cierto hasta que ocurre. Ni los consensos, ni las intenciones sirven ya para planificar el futuro ni siquiera para gestionar patrimonios. Hay que tener un discurso al margen del mercado para aprovecharlo cuando se brinde la oportunidad.

Este 2017 ha añadido dos factores más a la observación del entorno que se suman a la omnipresente volatilidad: la inflación y los estímulos fiscales. Sobre los segundos me he referido en anteriores artículos como el factor necesario para impulsar el crecimiento. Así mismo, también he señalado que los bancos centrales, tanto Draghi en Europa como Yellen en Estados Unidos, han requerido más de una vez a los Estados a que complementen sus nefastas políticas monetarias con estímulos fiscales para contribuir a que el dinero llegue a ciudadanos y empresas y completar y ayudar así a la velocidad del dinero.

Como bien señala Eusebio Díaz-Morera, presidente de EDM, en su última carta a sus clientes, “La política monetaria ha sostenido en solitario las economías occidentales, castigadas por la crisis pero es incapaz de acelerar el crecimiento económico, sin el cual es mucho más difícil el repago de la deuda, la creación de empleo y la reducción de la desigualdad”.

Y aquí la clave está en las políticas fiscales. Que de nuevo vuelven a presentarse dispares a ambos lados del océano Atlántico. Mientras Donald Trump promete estímulos fiscales mientras en el Viejo Continente sólo Inglaterra, que en breve ya no formará parte, y Fillon en Francia, aún no electo, están en esa misma línea.

Robeco las define como el Plan B que “impulsará el estímulo presupuestario como alternativa a la actual sobredependencia de la política monetaria”. Añaden que “esto no podría tener tanta repercusión si se tratara sólo de Trump, pero incluso el BCE está insistiendo ahora en que los gobiernos deben tomarse en serio su papel, por lo que parece claro que estamos ante un cambio de actitud en este ámbito”.

La alineación de la política monetaria de los bancos centrales con los gobiernos mediante estímulos fiscales es fundamental pues, en caso contrario, puede ocurrir la divergencia que ya existe en Estados Unidos en donde los estímulos fiscales van a coincidir con la subida de tipos de interés ya iniciada por la FED en diciembre y que continuará este año con otras tres. Como señaló Mohamed El-Erian en Bloomberg esto va a tener consecuencias sobre la divisa pues “una moneda más fuerte podría presionar a las exportaciones de Estados Unidos, perjudicando a la industria que Trump se comprometió a reactivar”. En este sentido advierte que sólo por la expectativa de los estímulos  “el dólar ha subido más de un cinco por ciento desde la victoria de Donald Trump”.

Los efectos colaterales de todo esto se reflejan en la temida inflación que, por ejemplo, hace estéril la última subida de las pensiones del 0,25% del Gobierno (la inflación en España está en el 1,5%). Un repunte de la misma nos hace a todos más pobres si los salarios no crecen por encima de ese umbral. Como bien indican desde JP Morgan “un exceso de estímulos fiscales podría provocar inflación salarial y subidas de los tipos de interés más rápidamente de lo que se cree”.

Este año las incertidumbres son menores pero el empuje del auge del proteccionismo junto al populismo representa una gran amenaza para nuestras libertades. Está claro que nos hemos dado cuenta que el crecimiento por sí mismo no nos gusta y que debe ir acompañado de impacto social y de valores. Así debe ser. Importante no confundir mensajes.

Imagen de la entrada Romolo Tavani