Además de ser el título de una película basada en una novela de John Grisham, el cliente es el motor del mundo actual, el centro del universo. No hay estrategia válida que no se centre en él. Miles de millones invertidos en recursos para hacerse con “el Cliente”. La joya de la corona. 

El cliente es la razón de ser de la gran mayoría de las compañías mercantiles. Es su activo. Tantos clientes tienes, tanto vales. Se da la paradoja que no hace falta ni que te genere ingresos, sólo con que generen expectativas de conseguirlos en el futuro ya producen valor, que puede ser de escándalo. WhatsApp o Twitter son extremos de este ejemplo.  Miles de millones de dólares por algo que ocurrirá en el futuro pero que ahora solo genera pérdidas.

En el mundo de las finanzas, sin embargo, no está tan claro que esta metodología de trato exquisito se dé con los usuarios de sus servicios. Ya hablé de la poca usabilidad actual de las oficinas físicas de las entidades financieras. En este blog, de forma constante, recordamos la necesidad de ofrecer un servicio personalizado cuando se trata de hablar de ahorro e inversión. No debiera ser un mero objeto para la colocación al uso, como el que vende productos de limpieza (con todos mis respetos). No. Estamos hablando del resultado del esfuerzo,  recompensa a haber mantenido superávit en el binomio gastos e ingresos. Debe ser, como en todos los sectores, el centro de nuestra actuación y, por encima de cualquier otra premisa, debemos velar por sus intereses.

Pues resulta que el primero que lo incumple es el propio Estado. Este mastodóntico ente creado para garantizar unos supuestos servicios universales entre los que debiera estar el preservar los intereses de sus ciudadanos.

Y no estoy hablando de maltrato en sus servicios personales o en la atención, que esto daría también para unas cuantas entradas. Me estoy refriendo a lo cauto y quisquilloso que se vuelve cuando limita en muchos aspectos la actuación de los profesionales del sector y lo fácilmente que se salta estas precauciones cuando se trata de colocar sus propios productos.

Durante estos días están lanzando, y así lo vemos, una campaña publicitaria que invita a comprar Bonos del Estado por internet :

Y en la pagina oficial del Tesoro Público la información sobre la facilidad de compra también es destacada:

Tesoro Público

Hombre, Uds. pensarán que estas facilidades no van contra el cliente, todo lo contrario. Ojalá todos los trámites se pudiesen resolver en 3 clicks.

Pues este es precisamente el quid de la cuestión. ¿Cómo es posible que uno pueda invertir en un activo financiero sin haber pasado primero por un análisis de capacidades de riesgo? ¿Cuál es el límite que un cliente puede invertir en estos activos? ¿En base a qué se tiene una recomendación de compra?

El Tesoro Público se está comportando como un mero vendedor de productos, además, con el agravante de demonizar al asesor, indicándole al usuario que así se ahorra un intermediario. Está realizando abuso de poder saltándose las normas que obliga a cumplir al resto de los actores. Y lo que es más triste, sin conocimiento ninguno del inversor, le incita a adquirir un activo, que dadas las circunstancias de los últimos años, ha venido a dejar a ser un activo sin riesgo, para pasar a ser un activo con una calificación crediticia con tan solo 1 escalón por encima del grado de inversión  y en donde muchas firmas con enormes cantidades de dinero en gestión no pueden invertir precisamente por esta nota calificatoria.

Dados estos datos, ¿aún creen que el Estado trata bien a sus “clientes” facilitándoles el acceso a la adquisición de colocaciones del Tesoro?

La verbigracia de los estados modernos. Disfruten del día.