Todo aquello que sofoca la individualidad, sea cual sea el nombre que se le dé, es despotismo.” – John Stuart Mill

¿Qué harían Ustedes con 2.260€ al mes? Tax free, además: netos e impolutos. ¿Sus méritos? Ser ciudadanos del país. Ese sueldo popular que recibiríamos cada uno de nosotros recibe el nombre de Renta Básica Universal y tiene como principales objetivos: combatir la pobreza y la desigualdad por un lado y la amenaza de desempleo que dicen el automatismo nos va a ocasionar, de otro.

El pasado fin de semana, los suizos votaron acerca de si la instauraban o no. Como ya saben, ganó el no y con clara mayoría (76,9% de los votos). La abstención fue del 54% (muy alta). Pero sí, lo votaron los ciudadanos en referéndum: ejercicio democrático consistente en no extender un cheque en blanco al partido político que ha salido electo y participar públicamente en las decisiones que puedan ser más significativas para el país.

Además, hay que señalar que dicha votación tuvo su origen en una iniciativa popular. En nuestro país, hasta 2012, sólo una ha sido aprobado mediante ley en los últimos 30 años.

Entre nosotros, si recibieran semejante cantidad, libre de impuestos (muy importante este punto), ¿trabajarían? ¿se esforzarían por mejorar su realidad? ¿Sería un incentivo para nuestros jóvenes para encontrar empleo? ¿Sería un aliciente para aflorar el dinero de la denominada economía sumergida o, por contra, y ante el posible riesgo a perder el “subsidio” aumentaría esta?

Algunas corrientes políticas defienden, además, que la renta básica universal debe ser sin tener en cuenta los presupuestos, es decir, da igual si las arcas públicas están o no llenas que dicha renta debe pagarse. ¿Cómo? No me cuentes, paga y punto.

Así que el despropósito ya está servido.

Hay quienes afirman que disponer de una renta básica universal nos ayudaría a vivir de una manera diferente. Sin la angustia de dejar horas en el trabajo y con la tranquilidad de tener un mínimo garantizado podríamos dedicar más tiempo a la familia, a la formación o a lo que cada uno crea conveniente. Del mismo modo, los emprendedores no sufrirían tanto en sus etapas iniciales pues contarían con un ayuda que permitiría afrontar de otra manera los comienzos del negocio.

En nuestro país, los partidos de la demagogia hablan de ubicar esta renta básica en un mínimo de 600€ y otros llegan a la cifra de 900€ que supondría un montante anual de más de 9.000€ por ciudadano. Es decir, una partida que supondría unos 361.000 millones de euros. Cifra muy alejada de los más de 287 mil millones que recauda el Estado con los impuestos.

¿De dónde saldría la diferencia? Obviamente, de los impuestos y ¿cuántos estarían dispuestos a seguir trabajando para mantener a unos pocos? Insisto, ¿cuánto crecería la economía sumergida para evitar el pago de impuestos? ¿Qué harían entonces? Volver a subir impuestos.

Estos partidos acuden a la solidaridad para captar cómplices para su atrocidad. La renta básica es todo excepto un motivo que incentive la solidaridad: si otros trabajan por mí, ¿porqué voy a hacer yo nada? Es un ataque contra el individuo y lo es también para la sociedad.

Resulta un tanto demagógico que nos hablen de renta básica universal y solidaridad y, sin embargo, todos coincidan en subir impuestos. ¿Si tanto preocupa “la gente” por qué nos incrementan la presión fiscal? Si quieren darnos dinero, ¿por qué no rebajan la carga tributaria y así podemos disponer de nuestro dinero?

Según el informe anual “Día de la Liberación Fiscal 2016” que elabora anualmente el Think Tank Civismo, en España tenemos una carga tributaria sobre el empleo superior al promedio de los países desarrollados. Nuestra “cuña fiscal” media es del 39,56% y se sitúa entre las más altas de los países desarrollados, un 9,3% por encima de la media de la OCDE. El efecto de los impuestos en nuestras nóminas es el que sigue: de cada 100 euros que paga el empresario, el ocupado de entre 16 y 24 años apenas cobra 68. Para los trabajadores de entre 25 y 34 años, la retribución neta se queda en 64 euros por cada 100 euros de coste laboral. Entre ocupados que tienen entre 35 y 44 años, la “cuña fiscal” deja en 61 euros cada 100 euros desembolsados por la empresa. A partir de los 45 años, el trabajador apenas recibe 60 de cada 100 euros de coste laboral.

Los datos aportados por el informe revelan que el pago de impuestos en nuestro país equivale a 18 años de salario de una vida laboral de 49; así, un español, hasta que se jubila, paga 456.570 € en impuestos.

Entre las Comunidades Autónomas, Catalunya es la que más tarde llega el día de la liberación fiscal (4 de julio: el día de la independencia financiera, ¡cómo no celebrarlo!) y Navarra, por su parte, en donde el populismo gobierna, se ha convertido en el infierno fiscal por excelencia. Esta comunidad es la que soporta la carga tributaria más alta de toda España, tanto para una renta media de 55.000 euros anuales como para una alta de 150.000 euros. Adiós clase media. Por la gente pero sin la gente.

Algo hemos de hacer para revertir el escalofriante dato facilitado por el INE en que destaca que el 28,6% de la población de nuestro país está en riesgo de pobreza y exclusión social pero no debemos admitir que se haga a costa de empobrecer a más.

Menos impuestos, más dinero en manos de ciudadanos y empresarios. Mayor competencia y fomento eficaz del emprendimiento.

Que no nos conviertan en copias.

Imagen de la entrada de Oleksandr Kovalchuk